Mi princesita.

viernes, 3 de julio de 2009


En una estrella cercana a la Tierra llamada Xenia, la más brillante de todo el sistema solar, estaba por nacer una estrellita aún más brillante, eso era seguro. La reina de aquella estrella estaba ansiosa, quería tener a esa pequeñita en sus brazos cuanto antes. La llamaría Mía Isabela, y sería sin duda alguna, la niña más feliz de su reino. Le daría todos los gustos, hasta los más alocados. Si la pequeña Mía quisiera un inmenso jardín con millones de rosales, aún siendo éstos imposibles de encontrar en su estrella, lo tendría. Su madre se encargaría de que se recorra hasta el último rincón del sistema solar, cada planeta, cada astro, para cumplirle a la luz más importante en su vida su deseo. Finalmente el momento había llegado, Mía Isabela vino al mundo un 17 de diciembre, convirtiéndose ese día en celebración nacional en Xenia. El castillo desbordaba de felicidad, la sonrisa no se borraba jamás del rostro de la reina, y Mía crecía sana y fuerte, también feliz. No había heredado los ojos de su madre, pero sí su sonrisa, y su cabello, era más hermosa que la misma reina. Era el orgullo de todo Xenia, la descendiente de la sangre real, futura poseedora del trono.
Como se había prometido a sí misma la reina, su princesa tendría todo lo que deseara. Si bien no heredó tampoco la delicadeza de su madre, era tan carismática y graciosa que conquistaba todo a su paso. Así fue como consiguió hasta lo último que quiso. Tuvo el dragón que tanto anhelaba como mascota, Isaac; le regalaron cada una de las estrellas que rodeaban la suya y por su inmensa bondad, Mía las obsequió a niños que no tenían nada con qué jugar; también consiguió que su madre trajera desde Mercurio gran cantidad de mariposas, tan coloridas que embelesaban a la princesita. Pero el regalo más doloroso para la reina fue el darle a su pequeña un viaje al planeta Tierra. A los 16 años su hija deseó conocer otros planetas y eligió la Tierra como destino principal. Su madre se resistió, quiso de mil maneras evitar ese viaje, pero sólo logró intensificar las ganas de Mía y no pudo negarse, era una promesa.
La muchacha partió entonces, y llegó a un mundo totalmente distinto al que conocía. Con millones de personas iguales y diferentes a la vez. De todas las clases, colores y formas. Quedó maravillada y decidió permanecer en él por más tiempo del acordado con la reina. Sin saberlo le ocasionaba dolor, desde su estrella la madre podía ver como se desvanecía lentamente la luminosidad de su pequeña.
Poco a poco Mía se fue acostumbrando al movimiento de este nuevo mundo y, casi sin darse cuenta, conoció el amor. Su corazón estallaba de alegría en el instante en que veía a su amado, pero no funcionó. El malvado muchacho rompió su corazón atrozmente y se fue. Mucho tiempo estuvo sufriendo la princesa, pero se negó a volver a su estrella, no iría corriendo a los brazos de su madre, ella no era así (su orgullo era tan grande).
Varios meses más tarde, Mía volvió a caer. Esta vez en manos de un verdadero príncipe, él sí la amaba como ella merecía. Su amor fue creciendo día a día pero Mía no estaba completa, no podía ser realmente feliz sin su madre a su lado, sin Isaac, sin su mundo. El nuevo amor de la princesa, Máximo, notó que algo aquejaba a Mía, y como sólo quería la felicidad de ella decidió dejarla ir. Decidió que fuera ella quien tomara la decisión de continuar o no la relación.
Mía optó por decirle la verdad a Máximo. Le contó su procedencia y lo que le faltaba para ser feliz. Su príncipe sonrió, la abrazó fuerte y al oído le susurró: “¿Puedo ir contigo?” El corazón de la muchacha volvió a estallar de emoción, así como cada vez que veía o rozaba a su encantador acompañante. Armaron las valijas y emprendieron el viaje.
Al llegar a Xenia, la princesa no cesaba de llorar. Su madre corrió a su encuentro y tampoco pudo (ni quiso) disimular sus lágrimas. Isaac batió las alas al tiempo que expresaba su alegría con un alarido y el reino entero aplaudió con todas las fuerzas por ese maravilloso momento. Mía presentó a Máximo a su madre quien, sorprendentemente, abrazó también al muchacho y con una deslumbrante sonrisa tan típica de ella, lo miró y entre risas le dijo: “Pensé que no llegarías jamás”.
La reina explicó que nunca quiso que su eterna pequeñita viaje a la Tierra por temor al sufrimiento. Temía que su hija entre tanto dolor perdiera las fuerzas para seguir, pero olvidaba que ella era fuerte y tenaz. También confesó que sabía lo que ocurriría y que con Máximo eran viejos amigos; sólo que no contaba con que fuera él quien rescatara a la personita más relevante para ella y la razón de su felicidad; nunca creyó que la liberaría de la congoja hasta que lo vio aparecer en el destino de Mía.
Eso era, el destino. Ese malvado y morboso titiritero de nuestras vidas que nos hace sufrir de manera inexplicable, para después apaciguarnos y entregarnos la felicidad pura. Para que así aprendamos a apreciar y valorar cada momento maravilloso, para que conozcamos lo que es el dolor y que no todo es color de rosas, para enseñarnos a crecer.
Mía y Máximo se casaron en Xenia. La princesa se convirtió en reina y su madre en abuela. La nueva estrella y fuente de felicidad en el reino se llamaba Lyla Bella y desde su nacimiento, fue la niña más feliz y consentida de la estrella, probablemente también de toda la galaxia.


Sólo tenía ganas de que sepas que sos mi princesita, y si pudiera darte cada uno de tus gustos y satisfacer cada uno de tus caprichos, lo haría. Suena demasiado maternal, pero de verdad te adoro y podés contar conmigo siempre. Espero te guste, no es la gran cosa pero lo que vale es la intención xD
Te adoro hija, mucho mucho. ^^

Besotes. Sabrii, mamá.

1 se hacen la paja con este post:

Lobito dijo...

Aiiiiii no veo las teclas... me hiciste lagrimear, mami n.n
Dios, qué hermoso... Gracias.
Gracias, en serio, no me alcanzan las palabras para decirte lo mucho que te quiero, mami b.b